Que en aquella tarde de agosto, donde amargos quedaban los posos residuales de mi café de costumbre en la terraza del bar. Yo, inconsciente a toda eventualidad que pudiera afectar a "lo nuestro", no sentía el más mínimo resquemor que en tus uñas se quedaba incrustado el yeso. Yo en la inopia y tú en el dualismo feroz de la duda entre traición y novedad. Mientras que nos ahogabas con las dudas de tu naturaleza propia. Me gritas, me inculpas, me odias, me escupes...
Por. S. H.
Por. S. H.
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