sábado, 21 de septiembre de 2013

El marionetero II

El vecino más viejo rondaba los sesenta años. No había mala relación entre ellos. Los Díaz trabajaban en la parte izquierda del ventanal, junto al escritorio. Los hijos mellizos del matrimonio hacían comedias, compartían cartel con los hermanos Edwards, que hacían tragedias. La otra ventana era de los glotones. Hace unos años aparecieron los solteros de Barrio Viejo, ninguno conoce su origen. Dios los hizo aparecer la madrugada del dos de mayo. Todos estaban enamorados de la amante. Vivía en el último estante, justo encima de Shakespeare. Pero Jackie era el favorito, con su perro risueño. Nadie sabe qué será de ellos. Todo tiene un final, incluso Dios.

Por: El guardagujas.

martes, 17 de septiembre de 2013

El marionetero I

Y después de sesenta años, solo me quedaban mis muñecos. El matrimonio Díaz con sus hijos mellizos. Los hermanos Edwards y sus vecinos glotones. Los solteros de Barrio Viejo. La amante. Mi hijo Junior y su perro Jackie. A mí me gustaba sacarle a pasear, pero él siempre quería ser el protagonista: "Corre, Jackie", decía. Toda mi vida dedicada a construir muñecos y solo me queda esta pequeña civilización.

Por: El guardagujas.

sábado, 14 de septiembre de 2013

REFLEXIÓN

Dicen que la vida se esfuma entre los dedos de nuestras manos como rayos de sol en la lejanía, que las lágrimas vertidas son caminos que nos duele recordar o, que el amor verdadero sólo existe en aquellos relatos de fantasía que no tienen cabida en el mundo “real”. Y acaso, ¿la vida no es una prolongación de la muerte, las lágrimas consumación del dolor y el amor tan verídico como el odio?

Realmente no hay nada más verosímil que lo que observamos a través de los ojos y conseguimos por medio de las palabras, todo lo demás no merece sentido, créeme ahora ya no…




    Por: M.I.A                                                                                                                                

viernes, 13 de septiembre de 2013

RECUERDOS

Me senté delante de la pantalla del ordenador sin saber muy bien que escribir. Con una mano acariciaba suavemente las puntas de mi pelo recogido en una cola de caballo, con la otra sostenía un boli al que hacía girar de izquierda a derecha. Era uno de esos días en los que nada ni nadie conseguía inspirarme; ni la más romántica de las músicas ni el más duro rock despertaban mi aletargada inspiración. Cientos de cosas rodeaban el teclado: unas impresiones de un antiguo mapamundi, viejas entradas de cine, facturas de numerosas compras, lápices de colores y pañuelos de papel con restos de recientes lágrimas. Podría escribir miles de historias relacionadas con cada uno de esos objetos, pero no eran lo suficientemente relevantes como para dedicarles unas líneas. 

Y de repente,  después de unos segundos de meditación, ahí estaba. Mis labios dejaron escapar una tímida y relajada sonrisa recubierta de un sentimiento satisfactorio. Unos minúsculos granos de arena se asomaban entre el colorido material escolar. Y así, ese paseo por la playa, ese castillo a mis espaldas y ese beso eterno observado por el mar recobraron vida en mi cabeza y en mi corazón. 

        Pasiones incansables y miradas infinitas.

                       Huellas efímeras en recuerdos eternos.


B.A.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

DESTINO

Él. 
Se levanta temprano, ardiente, deslumbrante, siempre incansable. 
Ella. 
Dama y princesa de la noche, revestida de terciopelo negro con destellos de lúgubres diamantes. 
Dos caras de una misma moneda. Dos imponentes amantes que el Universo decidió separar. El Sol y la Luna nunca podrán yacer sobre el mismo lecho.

B.A.  

jueves, 5 de septiembre de 2013

La perseguidora

Se ha creado un pasillo entre lo oscuro y lo inexplorado. Diría que es un túnel, pero no lo distingo bien. Al fondo no se ve nada. Quizá sea una estrella, o algo más que eso. Podría ser, no lo sé, simplemente un sueño.
Y al fondo del abrigo guardaba mi viejo reloj de bolsillo: tan misterioso y atrevido. El abrigo de piel estaba en el armario. Creo que era de zorro, de puma, seguro que era de puma. Me cubría del frío, eso sí, aunque podría ser de león, de pelo de león.
Deberían inventar gafas de luna, para poder ver de noche. Yo las compraría. Siempre me han hecho falta, cada vez que sueño. Pero nadie lo sabe: ¡Sssh! Me gusta dormir con la cabeza bajo la almohada para que nadie pueda ver lo que estoy soñando.
Mm... Y al meter la cabeza debajo, nunca sabes lo que vas a encontrar.
Yo veo un pasillo.
               ¿Tú
                     qué
                            ves?

Por: El guardagujas.
Para Victoria, felicidades.