Me senté delante de la pantalla del ordenador sin saber muy bien que escribir. Con una mano acariciaba suavemente las puntas de mi pelo recogido en una cola de caballo, con la otra sostenía un boli al que hacía girar de izquierda a derecha. Era uno de esos días en los que nada ni nadie conseguía inspirarme; ni la más romántica de las músicas ni el más duro rock despertaban mi aletargada inspiración. Cientos de cosas rodeaban el teclado: unas impresiones de un antiguo mapamundi, viejas entradas de cine, facturas de numerosas compras, lápices de colores y pañuelos de papel con restos de recientes lágrimas. Podría escribir miles de historias relacionadas con cada uno de esos objetos, pero no eran lo suficientemente relevantes como para dedicarles unas líneas.
Y de repente, después de unos segundos de meditación, ahí estaba. Mis labios dejaron escapar una tímida y relajada sonrisa recubierta de un sentimiento satisfactorio. Unos minúsculos granos de arena se asomaban entre el colorido material escolar. Y así, ese paseo por la playa, ese castillo a mis espaldas y ese beso eterno observado por el mar recobraron vida en mi cabeza y en mi corazón.
Pasiones incansables y miradas infinitas.
B.A.

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