Me desperté sin apenas haber
conciliado el sueño aquella noche, fielmente
recordaba todos los acontecimientos soñados como vivencias pasadas; sin
embargo, minutos después en mi frágil memoria se agolpaban, con sutileza,
pensamientos etéreos que amenazaban con la lucidez de aquellas evocaciones. Mi
corazón palpitaba con fiereza y tenía la sensación de que había olvidado algo
esencial en mis sueños que había sido capaz de desvelarme varias noches seguidas
a lo largo de mi efímera existencia:
-“Tranquilízate pequeña, sólo es un sueño”- eso solía recordarme mi
madre cuando siendo una niña mis propias ilusiones me atemorizaban.
-“Deliras, déjate de preocupaciones”- esto suelen recriminarme mis
amigos cuando, no tan niña ya, continúo con el mismo estremecimiento.
Un sonido me sacudió del
aletargamiento. Era él, mi gran guardián, cuya mirada cálida desprendía paz y su
maravillosa postura aterciopelada aproximándose hacia mí me tranquilizaba;
quizás sería lo único. Le acurruqué entre mis brazos y pensé que una vez más él
me había salvado por aquella noche; sabía que este ser me comprendía mejor que nadie o, al
menos, lo intentaba.
No cabe duda de que no hay mayor dolor que el de tus
propios miedos, mayor desasosiego que lo desconocido, ni mayor cariño que el de
un fiel compañero… felino.
Por: M.I.A

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