Desde lo
más alto de la cuidad, en una gran montaña, podía ver la inmensidad de lo más
insignificante, algo inefable y aterrador a la vez. También podía sentir la
bruma ondeando alrededor de su cuerpo, que convertía las sombras de la
costa en colores nítidos.
Le
bastaban los recuerdos, que eran directamente proporcionales a la altura de las
olas, como también lo eran al juicioso y gélido aire que absorbía.
Cuando decidió bajar,
miró al horizonte y se sintió como las nubes: volátil e incapaz de controlar
las lágrimas. Y se sintió como ese mar: un mar sin arena, arena ya malgastada por el reloj y su abismal cincel.
Al bajar y descubrir cada parte infinitesimal de sí misma sólo puedo saber que bajo el humo del cigarro se escondía la sonrisa más feliz.
Al camino hacia abajo y a todo lo que le esperaba allí debería acariciarlo con delicadeza para no morir, pero al fin y al cabo, era un comienzo.
Alicia C. B.

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