jueves, 31 de octubre de 2013

Relato: Lo que no vale

“[…] No sé por qué he contado esta historia. Igual podía haber contado otra. Por mi vida, veréis cómo se parecen.El expulsado, S. Beckett

Podría aplicarlo todo el día, a todas horas. Sería como una vieja cotorra que nunca calla. Diría ~ cuando nos encontramos en la calle y me dices “te echo de menos”, entonces te correspondo con toda la afabilidad del mundo y te reitero mi amor constante. Entonces juntos nos terminamos las frases.

Cuando nos vemos por las noches-qué buena ocasión-, contadas las veces y sólo cuando podemos por eso de las agendas. Por eso mismo será que este amor que nos distancia nos une y follamos como un matrimonio viejo: te quejas de lo incómodo que es hacerlo en el coche y qué lujo sería estar en la cama y salir de las cinco posturas que tenemos memorizadas hasta en el orden. Pero claro, tengo que repetirte como te lo dije la primera vez, mis padres no te aceptarían, nuestra relación es imposible, sólo en la noche podemos tener  nuestros esporádicos encuentros amorosos –rencorosa te repito que parece que sólo me buscas para satisfacerte, porque no me dejas acabar! ; y mira que tú sí que sabes tocarme, qué corridas las primeras veces!

También lo podría decir cuando en las fiestas nos vemos, llevas tu traje joven, las siete copas de trago fuerte y las siete copas de vino dulce, es decir, una mezcla del carajo. Entonces intercambiamos la mirada en una fracción de segundo en  medio de nuestros coros de bailarines y bufones; nos reconocemos  y realizamos la pantomima:

E1:-Voy a fumar.
E2:-Tomaré aire.
E3:-¡Le están partiendo la cara y es mi amigo, mierda!
E4:-Creo que puede ser  algo serio, quiero conocerla mejor….

Y una vez que despistamos a la turba y la imbécil de tu anillada amiga se pone a hablar sobre tu guagua…  es el momento. Nos retiramos por los callejones, los más oscuros. Se  nos hacen tan  agradables que parecen avenidas. Discutimos, porque tenemos que hacerlo, eso de querer que nos entre todo el cuerpo por los ojos y  no aguantar que el ruido nos amenace, las miradas nos afecten y la luz nos ahuyente…-es bastante terrible, tendré que decírtelo antes de que la dejes preñada con la segunda guagua. Vienen los insultos, el deseo que no podemos refrenar y tu sed de dominancia, mis pocos escrúpulos encontrados… Todo lo demás se va en esa otra discusión entre jadeos, “hasta ahí”, “¡ya basta!”, “de la otra forma mejor”,  luego ese tramo final donde todo parece que va a terminar en muerte y los dientes se aprietan y olvidamos las palabras para rugirnos…

 ”Buenas noches”, “hace tiempo que no te veía”, “¡qué grande tu guagua!”…Sí, seguimos fingiendo. Tú con tu esposa, yo con el amor.

No olvidemos, porque es aun un estigma, que también podría decirlo cuando estamos solos  y nos reímos de tu chiste: ¡ella y yo nos reímos tan complacidas y alegres! En nuestras reuniones podríamos repetir ~ en coro, pero sin que ninguno alce la voz para no robarnos el protagonismo que los tres nos merecemos. Cuando susurramos a uno la premura con la que nos buscamos, mientras el otro mira y por no tener dos bocas –¡quién nos mando siendo monobucales!- recompensamos al tercero con sumisión. En nuestro juego trinitario tenemos que repetir a coro : ¡ ~!

No me hartaría de repetirlo: “[…] No sé por qué he contado esta historia. Igual podía haber contado otra. Por mi vida, veréis cómo se parecen.” El expulsado, S. Becket

Nota: Guagua significa bebé en Hispanoamérica (Argentina, Uruguay, Chile, Perú, Bolivia Ecuador ).

Por: Dionisos.


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