lujuriosa se la hubiese tragado, masticado y escupido en algún nido de puercos de cualquier
color antagónico al verde.
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Era mi dignidad la que no me dejaba dormir por las noches. O quizás no. Apuesto a que
solamente un cuerpo de mujer es capaz de envolver tal aberración cósmica y planetaria, y me
juego todo el polvo de Ángel que mi hermano es capaz de esnifarse a que soy misójino por su
culpa… por perderla.
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Ahora no me queda amor que dar a esos cristianos, pero no me quejo. La caja está precintada
y preparada para ser tirada al mar en el siguiente punto y coma. Ya no soy pretérito; me dejo
llevar por la inercia de los astros, camino a tu cama, a sus voces en mi cabeza masticando
neuronas… o chupando mi alma a sorbos denigrantes para mí.
No sé si anhelo tu vuelta,
D
I
G
N
I
D
A
D
Por: Polvo de estrellas
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