En el aparato que transmite imágenes a distancia mediante ondas hercianas yo soy el protagonista.
Día y noche, me sentaba en mi sofá de segunda o tercera mano con una copa de alcohol. La secuencia se iba repitiendo. Al fin y al cabo, te terminabas acostumbrando a no ver nunca más la luz del sol. Bajé las persianas de la casa, eché las cortinas, pedí al supermercado que me trajeran la comida a casa. La botella de alcohol no podía faltar. Conforme avanzaba el tiempo, la posición del sofá iba cogiendo forma. No necesitaba a nadie. Estaba solo.
Todo comenzaba cuando encendía el televisor. Reality-show: no me cansaba de ver a doce protagonistas con mi nombre y ciento quince kilos de peso. Y yo les sonreía, les criticaba, aunque no había nadie más conmigo. Solo, solo, solo. Corazón: todos hablaban de mi, del personaje sin vida social que no vivía. Todos los críticos con mi cara, todos me representaban. Sabían la verdad. Yo me reía, lloraba, pero mi mirada, inconcebible, no reaccionaba.
Y cuando apagaba el televisor con el mando a distancia, me enfrentaba a él. Escuchaba la amenaza del silencio, se adueñaba del entorno y me veía solo, me veía solo, me veía solo... Pero dormía y la rutina volvía a comenzar.
Por: El guardagujas.
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