Llovía copiosamente y esto provocaba todavía más su frustración.
Dejaba caer ceniza sobre la fotografía, fumaba y fumaba mientras revisaba esa foto detenidamente.
La lluvia nublaba su mente, pero
le acompañaba en ese momento de intranquilidad, de desasosiego. Sus manos,
jóvenes, cubiertas de sangre, inertes, sin vida.
Aquel
hombre había llegado a ser un estorbo. Un hombre apuesto, como los que ya no
quedan pero, al fin y al cabo, un estorbo para su nueva vida. Su padre nunca
aceptaría su relación, impúdica –gritaba- . No dejaba de escuchar la voz
desgarradora de su padre mientras le azotaba siendo todavía un niño
-Eres
un hombre, y como tal debes comportarte. Lo tuyo es una enfermedad y sanará
aunque sea a fuerza de golpes.
La
sangre comenzó a gotear por la foto hacia sus rodillas. No pudo más que suspirar
y asentar con la cabeza.
-¿Ahora
sí soy un hombre, papá?

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