La sombra seguía acechándole como si de un miembro de su cuerpo se tratara.
Era la oscuridad misma, tenebrosa y fría. Él andaba por todos los callejones de ese pueblo, el pueblo de su abuelo, el pueblo de su infancia.
Mi abuelo siempre me decía que recordara cómo
se me erizaba el pelo con el frío veraniego de los pueblos, cómo sonreía al
disfrutar de una noche estrellada sin más ruido que el de las cigarras. Ahora
no era ese frío veraniego el que presenciaba sino, más bien, un aire
estremecedor.
La caminata a casa se le hacía cansada,
empezó a correr para ahuyentar a su perseguidor pero sentía cada vez más cerca
a su “yo”, su vida misma.
Cómo pondría sentir tanto miedo- se
preguntaba
Al llegar a casa se sintió liberado, cerró la
puerta con violencia y se sentó en el sofá. Ahora, en su propio hogar, se
sentía más solo que nunca. Nadie le
habló en todo el día y todos caminaban con tristeza, con amargura. Esa noche no
se escuchó nada en esa casa de campo.
Al día siguiente despertó y vio como todos se
alejaban hacia el cementerio. El espejo ya no recogía el sudor de su mano.
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