miércoles, 30 de octubre de 2013

Relato: Casa.

"Tengo que comprarme otro ordenador", pensó cuando la pantalla de su computadora se apagó de repente. Llevaba varios días haciendo lo mismo, se apagaba solo, se bloqueaba, la batería se descargaba en media hora… horroroso. Ella, que tenía conocimiento de cada modelo de ordenador, móvil, tablet e incluso televisores, se negaba a ir a la tienda por pereza, tener que salir de su casa para subirse en su coche, después bajarse de él para entrar en una tienda y después regresar a casa.

Casa. Era la única palabra que le proporcionaba tranquilidad. Tal vez porque allí nadie la molestaba. Suspiró mientras bajaba la pantalla de su ordenador, se levantó de su sillón de cuero marrón, ese que perteneció a su abuelo, y se acercó a la ventana. Llovía, como hace un par días, y las gotas de la lluvia se deslizaban por la ventana. Las flores del jardín estaban preciosas bajo esas gotas de lluvia. Ojalá y ella también fuera una gota de lluvia, caer del cielo para llegar a la tierra….

Caer del cielo para llegar a la tierra, justo lo contrario que lo que hacen los mortales. Los mortales están en la tierra y se van al cielo. Qué idea tan curiosa, pensó. Ella quería caer del cielo para llegar a la tierra y después evaporarse. Comenzó a marearse, se apoyó en la pared y su frente chocó contra el cristal, estaba helado. Miró de nuevo  las flores, se acordó de que debía tomarse la medicación.

Fue hacia la cocina, hacía frío en casa. Abrió su bolso de tela donde guardaba todas las pastillas que debía tomar hasta que… hasta ese día en el que ya no necesite tomar nada más. Seis pastillas por la mañana, tres por la tarde y cinco por la noche, y a pesar de todo ello de nada servía ya. Abrió los botes, tomó un vaso y lo llenó de agua. Entonces notó un cosquilleo en el estómago. No se las tomaría, no volvería a tomarse ninguna pastilla más.

Volvió a su despacho, había dejado de llover. Se sentó en el sillón y recordó a su abuelo. De repente el ordenador se encendió "Venga ya…", dijo en voz alta. Tenía un nuevo mensaje. Era de él. Se abalanzó a la pantalla. Hacía meses que hablaba con ese chico, quizás un par de años, pero jamás se habían visto. Ella nunca le contó lo de su enfermedad, él… nunca le contó casi nada de su vida, pero no hacía falta hablar de sus propias vidas para conocerse. Hablaban de cientos de cosas y ello servía de alivio para ambos. Comenzaron a quererse, por eso ella ya no salía de casa, porque pasaba las horas hablando con él por el ordenador, porque ahora casa era él.

Abrió el correo, jamás se imaginó leer lo que en él ponía. ¡Le pedía una cita! Sí, después de tantos meses… o tal vez años, por fin quedarían para verse. Ella no lo dudó, contestó al momento y quedaron en una cafetería de la calle platería. A ella le encantaba esa calle, siempre había gente, y siempre había un grupo de hombres que tocaban lindas melodías en la calle cerca de la catedral.

Quedaron ese mismo día, estaba nerviosa, se cambió tres veces de ropa, se pintó las uñas, preparó sus botas pero… debía elegir lo más importante: la peluca, tocó su cabeza sin pelo y se quitó el pañuelo. Se miró al espejo y colocó su peluca, en realidad le gustaría no llevarla pero le daba miedo el rechazo de su amigo…

Entró en la cafetería, él le dijo que iría de verde, ella le dijo que iría de rosa. Allí le vio, sentado en una mesa leyendo el periódico. Su corazón latía tan fuerte que las sienes le dolían. Él levantó la mirada del periódico y la vio, la reconoció. Sus miradas se inmutaron en la pupila del otro. Era muy guapo, pero no lo describiré, dejaré que cada lector imagine a “Él”. Ella se sentó y sonriéndose comenzaron a reírse a carcajadas. 

Pidieron un café él y ella un zumo. Parecía que se conocían de toda la vida. La tarde se pasó con la misma fugacidad que una estrella fugaz cruza el cielo. Decidieron volver a casa porque ya era muy tarde. Ella se levantó y vio que él tan solo se deslizaba… ella se sorprendió, su amigo era paralítico y no lo sabía. Él la miró con una sonrisa "No te preocupes, puedes irte si lo deseas…". Ella notó un puñal en el pecho ¿cómo podía pensar que dejaría de ser su amiga? Ella también debía demostrarse como era. Volvió a sentarse y él se acercó a ella… él la tomó de las manos, sabía que estaba nerviosa pero no sabía por qué. Entonces  ella cerró los ojos y se llevó las manos a su cabeza, se quitó la peluca. Él no mostró asombro ninguno, simplemente le acarició la mano y le sonrió "Ahora ya nos conocemos".

Puso un pañuelo sobre su cabeza y salieron de la cafetería. Fue la tarde más bonita en muchos años para ambos… el cielo estaba gris pero sus corazones irradiaban esperanza. Se despidieron, se abrazaron y quedaron para el fin de semana. En ese abrazo todo un regocijo encontraron… en ese abrazo ella encontró su casa, casa.

Ella regresó a casa, sonreía desde que se despidió de él. Fue a la cocina para beber agua y vio las pastillas en la encimera. Las miró fijamente. Se las tomó, decidió luchar… la vida es demasiado efímera como para andarnos con vaguerías. Iría a sus sesiones, lucharía por estar fuerte y sobre todo… por poder peinar de nuevo su preciosa cabellera oscura para que él la acariciase.

Por cierto, ella se llama Lucía y él Jaime. 


Por: Ixquic.

1 comentario:

  1. Me ha gustado el relato, es de una lectura agradable, apetecible. Sobre todo me a gustado la forma en que has ido enlazando las palabras (casa, tierra...).Aunque lo que me dejó un poco parado fue cuando hablas al lector directamente. Gracias por tu aportación!

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